Estas
cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo
tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. San Juan
16:33
Ayer
quedamos en el momento de ese jueves en que Jesús le dijo a Pedro y
Juan que vayan a preparar el lugar para celebrar la pascua y le dio
instrucciones exactas de como debían encontrar el lugar. Todo lo que
el Señor Jesús le dijo se cumplió con exactitud y entonces Pedro y
Juan prepararon todo para esa noche.
Desde chiquitos Pedro, Juan y los demás apóstoles, todos los años, habían celebrado la pascua. Cada año, con sus familias, habían recordado el momento en que sus antepasados habían salido de la esclavitud de Egipto de más de cuatro siglos. Cada año habían recordado que un cordero había sido sacrificado para que se pudiese pintar con su sangre el marco de la puerta y la muerte iba a pasar de largo. Pero todavía no tenían bien en claro que Jesús era ese Cordero que venía a entregar su vida y con su sangre iba a limpiar nuestros corazones de todos nuestros pecados. Y ellos estaban sentados a la mesa con el mismísimo Cordero de Dios.
En
ese momento, la gente común no usaba mesas como hoy en día. Se
usaba una tabla bien baja y se sentaban en almohadones alrededor de
la misma. Les dijo que estaba muy contento, pues había deseado estar
con ellos esa pascua. Ya había pasado junto a sus discípulos, al
menos, otras dos pascuas. Pero ésta era especial, pues el estaba por
entregar su vida por todos nosotros.
El les dice que será la última pascua que celebraría en la tierra, y que la próxima sería cuando se cumpla el reino de Dios. (Por eso a ese encuentro se lo llama la última cena) Es un poco difícil de entender o explicar, pero la Biblia dice que un día Jesús va a volver a la tierra y aquí será su reino por mil años. A ese momento se refería el Señor Jesús.
De
a poco va preparando a sus discípulos. Ellos habían estado todos
los días con Él durante los últimos tres años, pero ahora él
tenía que morir por la humanidad.
Pero
en ese momento había una persona en ese lugar que había hecho cosas
terribles. Un rato antes había arreglado con los principales de los
sacerdotes entregar a Jesús. Los sacerdotes querían apresar a
Jesús, pero tenían miedo por toda la gente que le seguía. Entonces
Judas, que sabía que Jesús por la noche iba a orar a un lugar
apartado en un monte para que nadie lo moleste mientras hablaba con
su Padre Dios, arregló decirles a esos sacerdotes cual era ese lugar
a cambio de 30 monedas de plata. (ese era el precio que se pagaba por
un esclavo en ese momento)
Entonces
Jesús estando en la mesa baja, con los doce discípulos, les dijo
que esa noche uno de ellos lo iba a entregar. Los discípulos se
pusieron tristes y empezaron a preguntar si eran ellos mismos u otro.
Entonces
Pedro le hizo señas a Juan que estaba sentado al lado de Jesús,
para que le pregunte quien era el que lo iba a entregar. Entonces
Jesús en voz baja le dijo a Juan: ahora voy a mojar el pan en la
comida y se lo voy a dar a quién me va a traicionar. Y entonces tomó
un pedazo de pan, lo mojó en la comida y se lo dio a Judas. Y luego
le dijo a Judas que lo que iba a hacer que lo haga pronto. Los demás
discípulos no entendieron éstas últimas palabras de Jesús, aunque
Juan ya sabía quien era el que lo iba a entregar.
Judas
había estado tres años con Jesús. Había comprobado que Jesús era
Dios, pues hacía cosas que solo Dios puede hacer, pero aun así no
quiso creer. Le importó más el dinero que su alma. Tenemos que
entender que no hay riqueza en la tierra que pueda comprar la
eternidad para nuestra alma. Muchas veces Judas lo escuchó de Jesús
y no quiso creer. Muchas personas han escuchado muchas veces de Jesús
y, como Judas, no quieren creer.
-
¿Tú
has creído que Jesús es Dios?
-
¿Tú
has creído que Jesús vino a morir por vos?
-
¿Tú
has creído que Jesús resucitó y está en el cielo intercediendo
por vos?
Si
no has creído en Él no dejes pasar más tiempo. Ahora mismo invita
a Jesús a tu corazón. No seas como Judas, no desaproveches todas
las veces que Jesús te invitó a dejarlo entrar en tu corazón.
Oración:
Querido
Padre Dios, gracias porque tantas veces me has hablado y hoy lo
vuelves a hacer. Quiero abrir mi corazón al Señor Jesús. Perdona
mi pecado y entra en mi corazón como mi Salvador personal. En el
nombre del Señor y Salvador Jesús, Amén.