14 Entonces
él fue y los tomó, y los trajo a su madre; y su madre hizo
guisados, como a su padre le gustaba. 15 Y
tomó Rebeca los vestidos de Esaú su hijo mayor, los preciosos, que
ella tenía en casa, y vistió a Jacob su hijo menor; 16 y
cubrió sus manos y la parte de su cuello donde no tenía vello, con
las pieles de los cabritos; 17 y entregó los guisados y el pan
que había preparado, en manos de Jacob su hijo. 18 Entonces
éste fue a su padre y dijo: Padre mío. E Isaac respondió: Heme
aquí; ¿quién eres, hijo mío? 19 Y Jacob dijo a su padre: Yo
soy Esaú tu primogénito; he hecho como me dijiste: levántate
ahora, y siéntate, y come de mi caza, para que me bendigas.
20 Entonces Isaac dijo a su hijo: ¿Cómo es que la hallaste tan
pronto, hijo mío? Y él respondió: Porque Jehová tu Dios hizo que
la encontrase delante de mí. Génesis 27:14-20
Seguimos
hoy en la casa de Isaac, Rebeca, Jacob y Esaú. Rebeca ya había
logrado que Jacob hiciera todo lo pedido por ella. Se estaban
preparando para hacer algo que en primer lugar estaba muy mal, pero
como todo lo que está mal, además iba a traer serias consecuencias
para la familia.
Jacob
trajo un par de corderos del rebaño y Rebeca hizo con ellos un
guiso, como a Isaac le gustaba. Luego vistió a Jacob con ropas de
Esaú. Jacob le
dijo a su mamá que como Esaú era muy velloso y él lampiño, si su
padre le tocare la piel se iba a dar cuenta del engaño. Entonces
Rebeca tomó el cuero de los corderos y le puso en el cuello y en las
manos para simular que tenía mucho pelo como Esaú.
Todo
estaba listo. Ahora había que ir a la pieza donde estaba el padre y
tratar de engañarlo para obtener la bendición de la primogenitura.
Jacob tomó el guisado y el pan y se presentó delante del padre
diciendo: padre mío. E Isaac respondió: Acá estoy, ¿Quién eres?.
De entrada ya no tenía en claro quien se estaba presentando ante él.
Jacob respondió: Soy yo, Esaú tu primogénito, hice todo lo que me
pediste, levántate y come para que me puedas bendecir.
¡¿Qué
pasaba por el corazón de Jacob?! Había hecho caso al plan de engaño
de su madre, se había vestido como su hermano y ahora descaradamente
le miente a su padre y le pide la bendición. Así es el corazón de
los seres humanos muchas veces. Hacen cosas que nos es difícil
entender. A veces comienza como un juego que parece divertido e
inofensivo, pero después va endureciendo nuestro corazón, de tal
manera que llegamos a cometer graves errores y pecados contra los que
nos rodean o contra nosotros mismos.
E
l
pasaje bíblico que mencionamos ayer de Efesios 6 dice: “
Hijos,
obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo.
2 Honra a tu padre y a tu madre, que
es el primer mandamiento con promesa; 3 para que te vaya bien, y
seas de larga vida sobre la tierra. 4 Y vosotros, padres, no
provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y
amonestación del Señor.”
Muy lejos de Dios se paró al obedecer a su madre y no a Él. Más se alejó al deshonrar de esa manera a su padre. ¿Qué podía dar esa bendición que no pudiera dar la obediencia a Dios, a los padres y honrarlos? Si bien esa promesa fue escrita muchos años después de ésta historia, Dios ya la ponía en práctica desde los mismos comienzos de la existencia humana creada por Dios. Pero Rebeca, aquella joven de fe, de la cual ya hemos hablado, ahora, llevada por intereses egoístas estaba provocando a ira en su hogar, a su hijo mayor en especial, y lejos estaba de un crianza en la disciplina y amonestación del Señor.
Y
volviendo a la historia,
Isaac
le vuelve a hablar y le pregunta: ¿Cómo hiciste para encontrar tan
rápido al animal y hacer la comida? El corazón de Jacob se puso aún
más duro y contestó: Jehová tu Dios hizo que l
o
encontras
e
delante de mi. ¡Qué respuesta tan horrible! ¡Puso a Dios en su
mentira! Sabía que Isaac amaba a Dios y se aprovechó de eso. El
corazón endur
e
cido
solo quiere obtener su ganancia sin importar las consecuencias que
pueda traer sobre sí mismo y sobre los que lo rodean.
-
¿
Hay
algo en tu vida que hace que tu corazón sea duro?
-
¿Qué
puedes hacer para ablandarlo?
Oración:
Querido
Dios Padre, gracias porque me diste un corazón. Ayúdame a que
siempre sea tierno y dócil, y que siempre esté lleno de tu amor y
no de pecado. En el nombre del Señor Jesús, Amén.