2 de diciembre

Un misterio llamado Jesús

¡Hola! Seguimos esta semana viendo las últimas horas del misterio llamado Jesús antes de ir a la cruz. Hemos visto cómo los muy poderosos de aquel momento no se animaban a tomar la determinación, y hasta el gobernador intentaba de alguna forma soltarlo, pero le salió mal la propuesta, pues la gente impulsada por los sacerdotes eligieron a Barrabás en vez de a Jesús.

Pilato, el gobernador entonces tres veces le preguntó a la gente, y ellos le contestaron que debía ser crucificado. ¿Te acordás cuántas veces Jesús oró antes de ser entregado?  ¿Si? Tres. ¿Te acordás cuantas veces Pedro negó a Jesús? ¿Si? Tres. Ahora Pilato le habla a la gente tres veces diciendo que no encontraba nada en su contra, pero ellos dijeron que sea crucificado. El que tenía el poder no podía contradecir a la multitud, pues su poder ante el emperador de Roma se vería en problemas si hubiera una revuelta en Jerusalén. 

Ya vimos que el número tres es el número de Dios. Dios estaba permitiendo que todo eso aconteciera para que Jesús entregara su vida por cada uno de nosotros. Durante horas Pilato intentó sin éxito soltar a Jesús, y al darse cuenta que no quedaba otra que llevarlo a crucificar, se lavó las manos delante de todos, y les dijo: inocente soy yo de la sangre de este justo, es culpa de ustedes. Y todos respondieron: Si, su sangre sea sobre nosotros y nuestros hijos. 

Es muy fuerte ver a toda esa gente diciendo eso. Muchos, cuatro días antes, lo habían recibido como el Mesías, pero ahora estaba disfrutando de su muerte, algo terrible, y no lo hacían solo por ellos, sino que también lo hicieron sobre sus hijos. ¿Ahora te das cuenta por qué Jesús lloró al entrar a Jerusalén, aunque la gente lo aclamaba? Él sabía que en realidad en pocos años Jerusalén sería destruida y habría mucho derramamiento de sangre. 

Hoy en nuestra sociedad hay mucha muerte por asesinatos, peleas, incidentes de tránsito por no respetar las normas, por el odio por los demás, por tener poder, por las guerras, por el hambre, y tantas cosas más. Ahí podemos entender el llanto de Jesús ante la tumba de Lázaro y ante los muros de Jerusalén. El estaba entregando su vida por la humanidad, pero sabía que aun así muchos le iban a rechazar y solo les esperaba la muerte eterna. 

Allí Jesús recibió un castigo como nadie lo podría haber soportado Jamás. En el castigo había un límite de latigazos, pues se sabía que ningún ser humano podría soportar pasar ese límite. Jesús lo superó, pues el castigo despiadado de los soldados romanos fue tan cruel que superó todos los límites comprensibles. 

Pero Jesús no se podía dar por vencido en su humanidad, y sin usar su deidad, pues debía seguir vivo para llevar la cruz y ser clavado en ella, para poder colgar en la cruz todos nuestros pecados y pagar nuestra deuda ante Dios mismo. Y luego de ese tan cruel castigo Jesús salió de Jerusalén llevando una pesada cruz. Algunas personas le decían cosas muy feas, lo insultaban y lo escupían, pero otros, como unas mujeres que estaban junto al camino, lloraban mucho, pues amaban a Jesús y no entendían porque después de haber hecho el bien por todos, ahí lo estaban maltratando en extremo.

Cuando Jesús vio a esas mujeres, les dijo: no lloren por mí, sino por ustedes y por vuestros hijos. Es asombroso que aun después de todo el castigo de los soldados, de salir llevando esa pesada cruz, él mire a esas mujeres, vea sus sufrimientos, hable por ellas y se preocupe por ellas y por sus hijos. Lo mismo hace hoy con cada uno de nosotros. Si con el dolor extremo de ese momento se ocupaba de los que sufren, mucho más ahora, que está sentado al costado del Padre en el cielo, intercediendo por vos y por mi.

No se como estás llegando a este fin de año, pero ya has visto durante todo el año que Jesús se interesa por vos. Ya lo demostró al morir pagando la deuda por tus pecados. No dejes que termine el año escolar sin tener a Jesús en tu corazón. 

Te invito a orar: 

Querido Padre Dios, no quiero terminar mi año escolar sin tener a Jesús en mi vida. Ahora mismo te pido que me perdones, que Jesús entre en mi corazón como mi Salvador personal, y consuele todos mis dolores y alegre aún más todas mis alegrías. En el nombre del Señor Jesús, Amén.

¡HASTA EL JUEVES!