3 de octubre

Un misterio llamado Jesús

¡Hola! Llegamos a otro viernes, después de haber visto ayer como le trajeron a Jesús una mujer sorprendida en adulterio. Vimos como la rodearon, y en esa ronda improvisada la mujer quedó en el centro. Ella quedó en el centro de la escena, en el centro de la discusión, en el centro de acusación y en el centro de la pena de muerte. 

Pero… ¿Dónde estaba Jesús? ¿En qué lugar de la escena se encontraba él? ¿Estaba fuera de ese círculo acusador? Creo que no. Si bien la Biblia no lo especifica, da a entender que Jesús estaba dentro de ese círculo. Es decir que la mujer rodeada por sus acusadores no estaba sola. ¿Sabía la mujer quien era el hombre que se quedó con ella en medio de la condena a muerte? No lo sé, pero pronto lo sabría. 

Te invito a que no pienses en nada ahora que no sea lo siguiente. Tratemos juntos de imaginarnos la escena. Por unos pocos minutos hagamos volar nuestra mente e imaginación a las calles de Jerusalén de aquel entonces. Vemos mucha gente caminando por allí, pero al ver que unos hombres rodean a una mujer con piedras en las manos, atrae a todos los que iban pasando y el número de espectadores aumenta cada segundo. En medio de la escena se ve una mujer que está tirada en el suelo, con mucho temor de lo que seguramente le estaba por suceder. Pero cerca de ella hay un hombre. Los que trajeron a la mujer le hablaron con voz alta y le preguntaron si ella tenía que ser apedreada, como dice en la ley escrita por Moisés. El hombre que está cerca de la mujer se inclina a tierra y comienza a escribir. 

Nos damos cuenta que él se puso a la altura de la mujer, pero al levantar la vista podemos ver la ronda de hombres muy enojados, con piedras en sus manos y el deseo de estrellarlas contra alguien. 

Los hombres insisten que el que está en medio de la escena conteste, y entonces se pone de pie. Ahora ya no está a la altura de la mujer, pero da la apariencia de que al pararse la está protegiendo con todo su cuerpo. Entonces, al pararse le dice a los hombres enojados que el que no tiene pecados puede arrojar la primera piedra, y luego, sorprendentemente se agacha nuevamente y escribe en tierra. Se vuelve a poner a la altura de la mujer.  ¿Por qué se agachó en medio de ese grupo de hombres enojados con tantas piedras en sus manos? Al ver a ese hombre y a la mujer, pareciera que le está diciendo: acá estoy con vos, pase lo que pase. Es más, hasta parece que se estaba poniendo en la línea de ataque de las piedras. 

Los hombres que acusaban empezaron a soltar las piedras e irse. Nadie pudo lanzar ni una sola. De uno a uno, desde los más grandes hasta los más jóvenes se fueron retirando. Para la gente se había acabado el espectáculo, entonces también se fueron. Pero podemos ver cómo aquel hombre se quedó al lado de la mujer, quedaron solo los dos, y con una voz maravillosa le dijo: ¿dónde están todos los que te acusaban?  ¿Ninguno te condenó? y ella pudo hablar por primera vez en la escena y decir: Ninguno, Señor. Ahora ella podía empezar a expresar lo que estaba en su corazón. Allí había una mezcla de dolor porque había actuado muy mal al adulterar, pero al mismo tiempo de reconocer que había actuado muy mal estaba sintiendo una sensación maravillosa de perdón. Pero si hacía falta algo para completar la escena, vemos como el hombre habla y le dice: ni yo te condeno, ve y no peques más.  Al terminar una nueva semana de estudios, podemos ver que así como Jesús se puso a la altura de la mujer y estuvo a su lado en los peores momentos, también lo quiere hacer con cada uno de nosotros. Jesús no solo ha estado dispuesto a recibir un piedrazo de rebote, sino que ha permitido ser levantado en una cruz y ser clavado para no poder defenderse de las piedras de tus pecados y los míos. 

El ocupó tu lugar y el mío, de castigo por nuestros pecados. Y hoy está a tu lado, poniéndose a tu nivel y diciendo acá estoy, no importa lo que pase y quien te acuse, aquí estoy. Yo ya carqué tus culpas en la cruz, ¿Quieres que te perdone y sea tu Salvador? ¿Qué vas a responder?

Te invito a que puedas orar: Querido Padre Dios, gracias porque entiendo que estás a mi lado y ya recibiste en la cruz todos los piedrazos que me merecía. Y ahora quiero que me perdones de todos mis pecados y que Jesús sea mi Salvador. En el nombre del Señor Jesús, Amén.

¡BUEN FIN DE SEMANA!