5 de noviembre

Un misterio llamado Jesús

¡Hola! Ayer estuvimos viendo como ese hombre que era el jefe de los publicanos, llamado Zaqueo, aunque tenía muchísimo dinero, no se sintió completo jamás. Luego empezó a devolver multiplicado por cuatro, todo lo que había cobrado de más, y además, apartaba la mitad de sus ganancias y se lo daba a los pobres. 

Había pasado de ser un estafador, a ser un benefactor. Posiblemente su conciencia lo llevó a hacer eso. Pero no alcanzó. Aún haciendo el bien no se sentía completo, algo le faltaba. Fue por eso que cuando escuchó que Jesús estaba por llegar a la ciudad trató de verlo. 

Vimos que Jesús entró en Jericó y mucha gente lo seguía, y Zaqueo era muy bajito, y entonces no podía siquiera verlo. Entonces se subió a un árbol y se escondió entre sus ramas, para que cuando Jesús pasara lo pudiera ver, pero no solo lo vio sino que cuando pasó le dijo que bajara del árbol, que iría a su casa.

La alegría llenó el corazón y la casa de Zaqueo. Seguramente estaba acostumbrado a que personas importantes entraran en su casa, pero esta vez fue muy diferente, pues no solo entró el creador del universo, sino que también, como Jesús dijo: ese día entró la salvación a su casa. 

Al día siguiente Jesús siguió su camino con los discípulos, y al salir de Jericó mucha gente lo seguía. Junto al camino había un ciego mendigando. Cuando se enteró que toda esa gente iba por el camino porque estaba Jesús el nazareno, empezó a gritar: ¡Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí!

Las palabras de ese hombre ciego llamado Bartimeo, fueron muy especiales. Llamó a Jesús: Hijo de David. Con esas palabras estaba diciendo que creía que Jesús era el descendiente de David prometido, el Mesías. 

Jesús siguió caminando un poco más, y Bartimeo cada vez gritaba más fuerte, diciendo lo mismo, y la gente le decía que se callara, que no molestara. No olvidemos que a la gente con algún tipo de enfermedad o discapacidad se la tenía muy en poco en ese tiempo.  Eran realmente marginados de la sociedad. 

Entonces, un poco más adelante Jesús se detuvo, y les pidió que lo trajeran. Fueron a buscar a Bartimeo y le dijeron que no tenga miedo que el maestro lo llamaba. Nada de eso. Bartimeo estaba tan confiado en que se sacó la capa, la tiró y se levantó. Esa capa generalmente la usaban cuando estaban a la intemperie, para protegerse del sol, de la lluvia o el frío. ¿Habrá pensado que ya no la necesitaría más?

La gente ni siquiera miraría al pasar por al lado de Bartimeo, pero ahora Jesús lo hizo traer por en medio de la gente y todos lo estaban observando. ¡Qué maravillosa es la forma en que Jesús actúa!

Al llegar a Jesús, él le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y bartimeo le contestó: Maestro, que recobre la vista. Jesús le respondió: Vete tu fe te ha salvado. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Lo sanó? ¿Te diste cuenta que según el relato de Marcos 10 Jesús no le dijo que sea sano? 

Otra vez Jesús demostró que lo más importante en la vida es ser salvo. Primero le dijo que su fe, el creer que Jesús era el Mesías, el enviado de Dios para salvar, lo había salvado. Y el relato dice que enseguida empezó a ver. Posiblemente habrá llegado a dar un par de pasos hacía donde vivía, pero enseguida pudo ver y siguió a Jesús. 

Bartimeo nos muestra la importancia de primero poder creer en Jesús como el enviado de Dios, el salvador del mundo. Y luego poder pedirle todo lo que  necesitamos. Cada día oramos a Dios pidiendo por cosas que necesitamos, o por quienes nos rodean o por quienes conocemos y tienen mucha necesidad de algo, y eso está muy bien. Pero, ¿ya creíste en Jesús como salvador de tu vida? Eso es lo más importante, antes de todo lo demás. 

Te invito a orar: 

Querido Padre Dios, gracias porque cada día puedo ir a vos y pedirte por mis necesidades, pero antes quiero agradecerte por mandar a tu Hijo Jesús a entregar su vida por mi. Creo que Jesús es el salvador del mundo, que vino a cargar mis pecados en la cruz, y te pido que entre en mi vida como mi salvador personal, en el nombre del Señor Jesús, Amén.

¡HASTA MAÑANA!