7 de octubre
Un misterio llamado Jesús
¡Hola! Ayer comenzamos la semana con Jesús y sus discípulos pasando por al lado de un hombre que era ciego de nacimiento.¿Te acordás que pensaron los discípulos de Jesús? Ellos pensaron que alguien había pecado y por eso aquel hombre era ciego, pero Jesús les dijo que no, que todo era para que el poder de Dios se pueda hacer visible en él.
Jesús les explicó que él era la luz, y mientras estuviese en el mundo no solamente lo diría, sino que mostraría que él es la luz.
Entonces escupió en tierra y con su saliva hizo lodo. Entonces con ese lodo untó los ojos del hombre ciego. ¿Te dio un poco de asco de que haya escupido en la tierra y que haya hecho lodo y con ese lodo untó los ojos? El hombre ciego escuchó como alguien escupía y luego sintió que algo pasaba por sus ojos. No sabemos si antes había escuchado lo que Jesús dijo o si alguien le dijo que Jesús estaba allí, pero lo cierto es que él, aunque tenía muy desarrollado el sentido del oído y escuchó muy bien lo que sucedía, dejó que sus ojos fueran untados. Seguramente, muchas veces habrá probado con cosas que prometían una esperanza para poder ver, hasta habrá caído en alguna mentira para ser sanado, pero nada había servido, y ahora alguien estaba poniendo algo que se sentía y olía a barro en sus ojos. ¿Qué podía hacer barro en su cara? Muchas veces se habrán ensuciado o salpicado de barro, pero jamás había sucedido nada positivo.
Muchas veces nos pasa lo mismo. Tenemos problemas o nos sentimos mal y buscamos soluciones y generalmente todo falla. Nos desanimamos y pensamos que nada va cambiar, que ya todo va a seguir igual y solo nos queda, en cierto sentido, darnos por vencidos.
No nos dice qué edad tenía ese hombre, pero toda su vida habría esperado una solución y jamás había llegado. ¡Hasta ese día!
No se si te diste cuenta, pero ese hombre no le pidió nada a Jesús, Jesús fue y untó sus ojos con barro, y luego le dijo: andá y lavate la cara en el estanque de Siloé. El podía pedir a cualquier persona un poco de agua para lavarse, y ¿quién negaría un poco de agua a un ciego? Pero Jesús fue claro en su instrucción, y aquel hombre ciego se fue camino al estanque. ¿Qué iría pensando? Habrá dicho: ¿me estarán haciendo una broma? ¿Se reirán de mí? o… ¿qué estoy haciendo yendo al estanque de Siloé? ¿Por qué tiene que ser ese lugar? ¿Por qué permito tener la esperanza de poder ver? Muchas cosas podrían haber cruzado por su mente, camino al estanque de Siloé. En realidad, no sabemos qué pensó, pero lo que sí sabemos es que obedeció lo qué Jesús le pidió que hiciera. Llegó al estanque de Siloé, que significa “enviado” y se lavó. Y cuando abrió sus ojos después de haber sido lavados, ¡por primera vez en su vida pudo ver! Ahora podía apreciar como eran las cosas que conocía por sonidos, podía asombrarse con cada formato, con cada color, ver cómo todo era tan diferente a como lo había imaginado. Había recorrido el camino de ida al estanque guiándose por su oído, con una esperanza incierta, pero ahora podía volver por ese camino, observando cada detalle, pero con la felicidad de que su oscuridad había terminado.
Mucha gente hoy vive de la misma forma de ese hombre. Anda por la vida tratando de escuchar cual es el camino a seguir. Espera en su corazón poder encontrarlo para ser feliz y poder ver las cosas tal como son, pero como vimos ayer el pecado nos hace ver todo diferente. A lo malo lo ve bueno y a lo bueno, lo ve malo. Nos hace hundir cada vez más y nos hace perder la esperanza. Pero cuando Jesús se presenta en nuestra vida, puede cambiar todo, si obedecemos sus palabras. El ciego obedeció, no hizo las cosas a su manera, no fue a otro lugar, hizo exactamente lo que Jesús le pidió. ¿Estás dispuesto ahora mismo a hacer lo que Jesús te pide? Te dice: dame tu corazón, no para robártelo, sino para limpiarlo con la sangre que derramó en la cruz, y darte la salvación. Él es el estanque de Siloé, el enviado, el que puede limpiar tu vida y hacerla nueva, y así podrás ver con claridad el amor de Jesús y todo lo maravilloso que tiene preparado para tu vida.
Te invito a orar: Querido Padre Dios, gracias porque quieres limpiar mi corazón, y para eso Jesús tuvo que derramar toda su sangre en la cruz. Quiero ahora mismo obedecer las palabras de Jesús y entregarte mi corazón para que lo limpies y me des una nueva vida, y eterna. En el nombre del Señor Jesús, Amén.
¡HASTA MAÑANA!