9 de septiembre

Un misterio llamado Jesús

¡Hola! Ayer empezamos la semana viendo cuando Jesús llevó a sus secretarios ejecutivos a un monte alto. Pedro, Jacobo y Juan fueron testigos de un momento impresionante, pues vieron a Jesús brillando como el sol y con ropas blancas como la luz. 

Y a eso se le agregó que aparecieron Moisés y Elías. En el caso del primero, Moisés, murió 1400 años antes, y el segundo, Elías, 900 años antes se fue al cielo sin morir, es decir subió con su cuerpo al cielo. 

Seguramente haría bastante frío en ese lugar tan alto, pero nada impedía mirar con sorpresa semejante escena. Los tres ya no necesitaban más evidencias para entender que Jesús es Dios. 

Pedro se acercó a Jesús y le ofreció hacer tres enramadas: una para Jesús, una para Moisés y una para Elías. ¿Sabés que es una enramada? Es como una carpa o techo hecho con ramas. Había una fiesta anual para los judios en que hacían enramadas, la fiesta de los tabernáculos. En esa fiesta se recordaba el tiempo en que los israelitas fueron cuidados por Dios en el desierto en su salida de la esclavitud de Egipto y vivieron en carpas o enramadas durante muchos años. Era una fiesta de alegría que celebraba la provisión de Dios. 

Pero aún Pedro estaba hablando y sucedió algo más. ¿Qué más podía agregarse a ese momento tan único y especial?  Cuenta el relato que apareció una nube de luz y los cubrió. ¡No se salía del asombro de la escena anterior y apareció la nube de luz! La nube los cubrió a todos. ¡Pero hubo más! De esa nube de luz salió una voz que dijo: “este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia, a él oigan”, es decir que estaba totalmente satisfecho de cómo su Hijo Jesús hacía todas las cosas, y era muy importante que escuchemos sus enseñanzas.

Sin lugar a duda fue un momento que los tres discípulos nunca olvidarían, y debe ser una parte del misterio llamado Jesús que marque nuestra vida. Esa nube de luz era la presencia de Dios Padre en aquel monte, y la brillantez de Jesús, era su apariencia divina, que dejó para hacerse hombre y entregar su vida por nosotros. Moisés y Elías fueron la evidencia de la existencia eterna de los que creen en él, entre otras cosas. Nadie en la historia de la humanidad pudo pasar un momento así, pues fue una demostración fabulosa del poder y la presencia de Dios. 

Cuando los tres discípulos escucharon la voz de la nube de luz, tuvieron un  miedo bárbaro, pues entendieron que era la presencia de Dios, e inclinaron su rostro hasta la tierra. Seguramente habrán pensado que si miraban la nube morirían al instante. Pero pasó algo muy hermoso. 

Sintieron que alguien los tocaba. Era Jesús. Los tocó y les dijo que no tenían nada que temer y que se podían levantar sin miedo. Entonces los tres se levantaron y solo estaba Jesús. 

El momento había sido maravilloso. Habían podido contemplar por un ratito la gloria de Dios como un pequeño adelanto de lo que será el cielo. Pero al escuchar a Dios Padre se llenaron de temor, pues ningún pecador puede presentarse delante de él y vivir. Pero ahí estaba Jesús. Él es el que nos presenta delante de Dios sin pecado, si ya le hemos pedido perdón por nuestros pecados y lo aceptamos como nuestro Salvador personal. De la misma manera que le habló a Pedro, Jacobo y Juan, hoy nos habla a nosotros, sus alumnos de este tiempo. Nos dice que nos levantemos de nuestros problemas, de nuestros temores y confiemos en él, pues siempre está a nuestro lado desde que lo aceptamos en nuestra vida. ¿Ya lo aceptaste en  tu vida? 

Te invito a orar: Querido Padre Dios, gracias porque ese día estuviste en aquel monte y con tu luz y voz señalaste a Jesús, tu Hijo amado. Gracias porque por Jesús podemos ir a ti perdonados. Ayúdanos a entender lo grande que eres y el amor inmenso que has tenido por cada uno de nosotros, y gracias porque hoy Jesús nos dice que nos levantemos y no tengamos miedo, pues él está a nuestro lado. En el nombre del Señor Jesús, Amén.

¡HASTA MAÑANA!