26 de noviembre

Un misterio llamado Jesús

¡Hola! Ayer empezamos la semana de estudios con el momento en que Jesús estuvo orando. Primero oró por cada uno de nosotros. Su ruego al Padre fue para que vos y yo fuésemos unidos entre nosotros y con todos los demás que creen en Jesús, y que entendamos que su Palabra, la Biblia, es la verdad, y única fuente de alimento espiritual y manual de vida.

Luego oró tres veces, pero teniendo presente lo que él estaba comenzando a sufrir profundamente. Se puso en las manos de su Padre, sabiendo que humanamente hablando, empezaban horas de mucho dolor, pues iba a llevar sobre sí todos tus pecados, todos los míos y, aunque nos cuesta entenderlo, los de toda la humanidad.  

Al terminar de orar bajó con Pedro, Juan y Jacobo, y se encontró no solo con los otros ocho discípulos que esperaban, sino que también se encontró con Judas. Aquel sitio era un lugar secreto entre ellos, pues Jesús buscaba la tranquilidad para orar. Por eso le vino muy bien a los sacerdotes de que Judas los llevara a los soldados del templo hasta ahí, y que en medio de la oscuridad les dijera quién de todos esos hombres era Jesús. 

Cuando llegaron los soldados, como vimos ayer, Jesús se puso delante de sus discípulos. Jesús siempre nos protege y estuvo dispuesto a dar su vida para salvarte y salvarme. Así fue como al ponerse delante les preguntó: ¿A quién buscan? Los soldados le respondieron a Jesús, el de Nazaret. En ese momento Jesús dejó bien en claro a sus discípulos, a los soldados del templo, pero también a nosotros, que él seguía siendo soberano sobre todo, y lo que sucedería era decisión suya.

Cuando Jesús respondió a los soldados diciendo: Yo soy, ellos retrocedieron y cayeron a tierra. Fue como una fuerza que los impulsaba hacia atrás sin poder aguantar en pie. Todos se quedaron mirando con asombro. Momentos antes Judas había identificado a Jesús dándole un beso en la mejilla, pero ahora los soldados habían comprobado en carne propia quién era ese Jesús del cual todos hablaban.

El problema era que tenían que detener a una persona que con solo hablar los tiró en tierra. Claro, esa era la misma voz que con solo hablar creo todo lo que existe, incluyendo al universo. Esa fue la voz que detuvo a olas de varios metros de alto y las convirtió en una suave brisa, esa es la voz que hizo volver a la vida a varios muertos, y muchas cosas más. 

Jesús tenía el poder más que suficiente para sacar corriendo a todos esos soldados o al mismísimo imperio romano, pero no actuó de esa manera. Como había orado varias veces, iba a cumplir el plan de Dios para salvación. Por eso, ante el susto que tenían los soldados, les volvió a preguntar a quién buscaban, y ellos, me imagino que con un susto bárbaro, respondieron igualmente: A Jesús, el de Nazaret. Jesús les dijo: ya les dije que yo soy. Me buscan a mí, dejen ir a todos estos, refiriéndose a sus discípulos. 

Aquellos soldados, al ver que Jesús se estaba entregando, se acercaron y lo tomaron de las manos y le pusieron las ataduras de detención. Pedro, viendo todo lo que estaba pasando, sacó una espada y le hirió en la cabeza al soldado que estaba a cargo, y le cortó de una la oreja. Pedro, mientras Jesús oraba, se durmió, y no escuchó lo que Jesús había dicho sobre entregar su vida haciendo la voluntad del Padre, y por eso reaccionó de esa forma tan mala. 

Jesús lo retó a Pedro, y le hizo entender que de nada sirven las armas, qué tenía miles de ángeles a su disposición, pero que lo más importante era cumplir la profecía, que era traer salvación al mundo. Entonces Jesús tomó la oreja del soldado, llamado Malco, y se la puso en su lugar y quedó totalmente sano. 

Es realmente maravilloso poder ver todo lo que Jesús hizo mostrando su poder, soberanía sobre todo, pero también su justicia y amor. Nadie podía quedar indiferente a lo que estaba presenciando esa noche. Ninguno de nosotros podemos quedarnos indiferentes a lo que Jesús hizo por vos y por mi. Ahora mismo date cuenta que no podés seguir siendo indiferente a todo lo que Jesús hizo por vos. 

Te invito a orar: 

Querido Padre Dios,  es extraordinario ver cómo Jesús se entregó e hizo todas las cosas por amor de mi. Por eso creo que no puedo quedar indiferente. Ahora mismo te pido que me perdones, que Jesús entre en mi vida como mi Salvador personal. Gracias por todo el amor que expresaste al entregarte por mi. En el nombre del Señor Jesús, Amén. 

¡HASTA MAÑANA!