Un misterio llamado Jesús II

Martes 7 de abril

¡Hola! Ayer estuvimos viendo cuando Jesús entró en el lugar donde estaban los discípulos sin abrir la puerta y como  ninguno reaccionaba les preguntó si tenían algo de comer. Nuevamente usa esa forma de preguntar aunque ya conoce la respuesta, para motivar la reacción o respuesta de los demás, algo que viene haciendo desde el huerto de Edén cuando le preguntó a Adán dónde estaba.  

Así se terminó el primer día de la resurrección de Jesús. Muchas cosas habían pasado ese día, pero había uno que no estuvo en ninguno de esos momentos, aun cuando Jesús fue al lugar cerrado. Esa persona era el discípulo de Jesús llamado Tomás. Esa noche no sabemos dónde estaba, pues la Biblia no lo dice, pero lo que sí sabemos es que cuando volvió y los demás le contaron todo, él no creyó.

Aunque cada uno le habrá contado cómo se dieron todas las cosas él les respondió:  Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Tomás no había estado frente a la cruz cuando crucificaron a Jesús, pero sabía que lo habían clavado de pies y manos y además una lanza traspasó su costado. Tomás quería pruebas.

No sabemos qué había sucedido en la vida de Tomás, pero sea lo que sea su fe no estaba en un buen momento, pues justamente la fe se muestra en creer algo sin haberlo visto. Varías veces Jesús les había llamado la atención por su falta de fe a los discípulos, entonces ¿estaría enojado con Tomás por su falta de fe? El hecho es que pasó una semana y al domingo siguiente Jesús volvió a aparecer en medio de la habitación donde estaban todos, incluyendo a Tomás, nuevamente sin abrir la puerta.

Al instante habló y les dijo: Paz a vosotros. Y continuó hablando y se dirigió a Tomás diciendo: pon aquí tu dedo, mira mis manos y pies, y mete tu mano en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente. Tomás quedó totalmente sorprendido, y no solo porque Jesús apareció de la nada, sino porque sabía exactamente lo que él pedía para creer, y además comprobó cada una de las marcas que dejaron la cruz en Jesús. 

Tomás entonces dijo sorprendido. ¡Señor mío y Dios mío!  Jesús le respondió: Porque me has visto Tomás creíste, bienaventurados los que no vieron y creyeron. Una bienaventuranza es una garantía que da Jesús de que si hacemos tal o cual cosa vamos a ser verdaderamente felices. La verdadera felicidad está en reconocer que somos pecadores, que Jesús es el Salvador del mundo y pedirle que nos perdone. Ahí quita todo el peso del pecado de nuestra vida y la llena con la felicidad del perdón y la vida eterna. ¿Ya eres un bienaventurado o bienaventurada?

Te invito a que oremos juntos: 

Querido Padre Dios, gracias porque quieres llenar mi vida de la felicidad verdadera que es el perdón de mis pecados y la vida eterna. Gracias porque Jesús sigue ofreciendo esa bienaventuranza a todo el que cree sin haberlo visto. Gracias porque muchos ya somos bienaventurados. En el nombre del Señor Jesús, Amén.

¡HASTA MAÑANA!